Dos nombres

-¿Sabes qué día es hoy? 

Anto me mira con los ojos más redondos que nunca y una mueca que lo delata. 

-Ni idea, ¿he olvidado algo importante? 

 La única certeza es que no cumplimos años ninguno de los dos y haber olvidado una cita médica o preguntar por un familiar allegado en este momento no tiene la más mínima importancia. 

Anto hurga en mis ojos y mantengo la mirada. Aparento cordialidad y distancia  pero Anto sabe bien que estoy haciendo solo un buen papel. Por dentro tengo el corazón que trata de abrirme el pecho y salir. Mis manos agarrotadas y mis piernas que tiemblan se funden con una pena  infinita que  se derrama, ocupando el lugar de la sangre que no hace el circuito de vuelta.

Anto se aproxima mientras doy unos pasos atrás. Acerca sus labios a los míos y logra  sellar la salida de lo que iba a ser un reproche : – No importa, cariño. Nos quedan mil celebraciones por delante.

Cuesta poner la cabeza a funcionar con él tan cerca, sujetando mi cintura con una fuerza que comienza a resultarme incómoda y su cabeza engarzada en mi cuello mientras respira quieto junto a mi oído.

Miro con habilidad su reloj de mi muñeca y acierto a reconocer los números de su pequeño calendario : 5 de marzo, una fecha que en principio no me dice nada. Pero no tardo en recordar.

2 de marzo. Por fin doy el paso y me inscribo en una página de contactos. Mi amiga Eloísa lleva meses mostrándome cuánto se llena la vida al entrar en  este mercado de emociones. Y por fin,  le hago caso. Entropía36 suena bien. Elegante, magnética, femenina sin apenas dudas.

3 de febrero. Mi buzón se llena de personas compatibles a las que imagino acodadas en la barra de un bar mientras esperan  ser llamadas por sus nombre . Me impresiona la facilidad con la que he dejado de llamarme Sara para ser esa consecución de letras que solo elegí porque sonaban bien. Después comprendí que el significado a veces viene después del nombre. Ether36, Starwors27, Montana45 son solo algunos nombres con los que estuve a punto de concretar mi primera cita, pero no sé si el destino o la urgencia por terminar con aquello cuanto antes  me hizo cerrar hora, día y lugar con Antigo52.

4 de febrero. La diferencia de edad en principio para mí no es ningún problema. Lo hablamos  y nos reímos mientras intercambiamos datos prácticos sobre nuestras rutinas. Los dos madrugamos, los dos trabajamos en turnos partidos  y a los dos nos interesa la música y el cine. Ni él ni yo somos grandes lectores y en apariencia nos gusta disfrutar de las pequeñas cosas. Nos defendemos en inglés si tenemos que viajar al extranjero y a los dos nos encanta conocer nuevos restaurantes. La compatibilidad es sin duda fruto del cálculo informático y me siento afortunada por ello. Mañana nos vemos, repito con la intención de no hacer el viaje en balde.

5 de febrero. Antígo52 es puntual, llegamos a la cafetería casi a la vez. Ese detalle me gusta. Viste un traje impoluto y lleva consigo un maletín de piel brillante. No ha pasado siquiera por casa pero huele a perfume caro recién puesto y lleva el pelo engominado, leonino y canoso, peinado milimétricamente hacia atrás. Me mira, le miro, sonreímos  y mostramos habernos gustado mutuamente.

Anto sigue anclado a mi cintura y solo gira levemente el cuello varado para buscar hueco en el mío. La presión de sus dedos en mis costillas a veces molesta más de la cuenta y sujeto sus brazos ejerciendo una fuerza casi imperceptible para él. No ha cambiado de perfume en todo este año y soy incapaz de hacerlo desaparecer de mi ropa cuando quiero dejar de quererle. Al pasar la plancha por mis camisas, su olor emerge y vuelvo a verle canoso y engominado, dejando una estela que me encanta.

A los ocho meses tuvo que confesarme que yo no estaba sola en su vida, y que por cosas de la vida llevaba casi cinco años pensando en ese divorcio que nunca llega. Por su móvil personal  pude confeccionar un detallado cuadro de familia, hecho de fotos recientes, de mensajes cálidos y veteranos y una cuidada selección de vídeos de momentos inolvidables con su mujer e hijos. Su cabeza hundida bajo mi mandíbula comienza a hacerme difícil respirar. Giro el cuello y en un movimiento de contorsionista logro zafarme de ese peso caliente que me ha dejado una desagradable sensación de sudor compartido. Sus manos se empeñan en anclarme al suelo y me cuesta girar las caderas. Anto sigue respirando como acostumbra cuando se encuentra cómodo  y mi pensamiento  sigue oscilando. Anto, no puedo continuar con esto. Y Anto no oye porque no hablo. Solo espero quieta a que sus labios me busquen y continuemos con la celebración silente de  nuestro primer año juntos.

Ilustración de Elisa Rodríguez Checa

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