Fresa ácida

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Cuando come suena como si masticara tierra, es lo que le dice Azu a su amiga de infancia Nekane. Se acerca el botellín de cerveza a sus labios minúsculos mientras con la otra mano rasca un trozo de servilleta mojado pegado a la mesa. Nekane no parece escucharla y se muestra perdida en los ojos de ella. Asiente con rotundidad como un perro de cabeza móvil en la parte trasera de los coches de su infancia. Hace un leve esfuerzo y recuerda su nombre en inglés : Nodding Dog. El profesor de octavo les anotó el término en la pizarra. Perros que afirman cuando el coche arranca, o gira, o acelera. Como ella ahora. Pero sin movimiento. Helada viaja a los labios de Joaquín y los recuerda así, inmóviles con escaso color. Sin gracia ni atractivo. Cuando empezaron a salir, a Nekane no le gustó el primer beso y hasta recuerda con cierto asco el olor a tabaco enmascarado en un chicle de fresa ácida que, como broma, le deslizó en su garganta y la hizo toser. Tosió mucho e interrumpieron el beso, por fin. 

Han pasado ya casi quince años y los besos de Joaquín le siguen produciendo, por lo general, una acostumbrada indiferencia. A veces, solo a veces, Nekane se permite volar en la cama mientras los vaivenes de Joaquín mezclados con besos intermitentes sabor a tabaco la trasportan a aquel único encuentro en la parte trasera de su coche. Nekane sobre las piernas de Jonás, Jonás en el fondo de su garganta, sin que nada interrumpa el buceo. Nekane no tose, solamente se sumerge y apenas respira.

Azu traga y Nekane asiente. El chico de Azu come con ruido. Un asco.

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