Vivienda habitual

De repente, los pisos con trastero se han revalorizado en el mercado inmobiliario. De repente, también, los pisos con terraza son los preferidos por las parejas que buscan el hogar de sus sueños. Casi de forma espontánea, las casas bajas con jardín y con trastero y garaje son las más demandadas.

Esto sucede principalmente en las ciudades porque en las zonas rurales la gente prefiere vivir a la intemperie. Es frecuente ver cómo , a medida que uno se va alejando de la ciudad, familias enteras han ocupado los campos que antes mostraban su quietud a los ojos del viajero en automóvil. Se las ve dormidas bajos los árboles, o tendidas sobre los campos de girasoles, hechas un ovillo entre sus tallos largos y móviles. A los niños se les ve pisar la siembra de remolacha y lanzarse juguetones al aire las semillas aún sin germinar. 

Entonces es cuando al comprador de vivienda en la ciudad que ha contemplado este modo de vivir le da por pensar. Y le pregunta a su pareja , frente al gestor inmobiliario, por qué quiere un piso con trastero, a lo que ella responde con una extraña mueca que la delata. Para guardar lo que no entre en casa. El comprador de ciudad hace un inventario mental de aquello que no ha entrado nunca :

Un somier de tamaño juvenil, el cuadro de dos bicicletas, una mesa camilla de estilo isabelino, un radiador de aceite, una bolsa de deporte con útiles de buceo que se deshacen porque el sol ha degradado la goma, una bañera de bebé  casi sin usar, una caja etiquetada  donde se registra su contenido ( Ropa de 1 año), un  triciclo con guía y con tejadillo, un retrato a óleo  a medio terminar , al que le faltan los ojos, la boca, la nariz y las cejas.

La mueca de su pareja parece congelada. El gestor inmobiliario petrifica su medio sonrisa y tarda en parpadear. El comprador de ciudad se descubre poniendo al padre los ojos, la boca , la nariz y las cejas, tal y como las recuerda. Lo completa en su versión más joven y  amable. Después piensa en las cajas de ropa y complementos infantiles de su sobrina que ellos dos nunca han llegado a utilizar porque el bebé no termina de llegar. Siente el codo de su mujer clavado en el antebrazo y un contrato en el que las letras le bailan. Al comprador le viene a la memoria otro baile,  el baile de una pareja joven que sobre los cultivos de temporada , a las afueras de Madrid, deshacía la firmeza de la tierra arándola con sus pies en danza. El comprador imagina que son ellos dos  los que bailan y después se echan a dormir entre los girasoles porque sabe que, en aquel lugar, nada sobra. 

Ilustración de Elizabeth Rodríguez Checa

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