Un día de playa

Agarro las patas del ave

y estiro de ellas hasta quedar colgada

dejándome ascender

sin oponer resistencia. 

Miro hacia arriba, 

me salpica el aire

que lleva consigo

trozos de barro 

que entran en mi boca

después de quebrar mis dientes. 

Pierdo el pelo por la fuerza del viento

que lo deja caer como una madeja de lana. 

Se estiran hacia abajo 

los lóbulos de mis orejas

dejando surcos en la arena

y un rail estrecho 

por el que se despista el agua. 

Cuelgan mis piernas, se desarticulan.

Pierden su valor extremo

y se transforman en apéndices lacios

con los que los ancianos se acompañan en la orilla. 

El ave persevera en su ascenso

mientras me desparramo. 

Voy perdiendo fragmentos 

al principio insignificantes

(una ceja, un dedo, un codo) 

pero poco a poco tomo conciencia 

de mi amputación tangible

(el alma, las entrañas, el corazón). 

Sobrevolando la playa

veo a los niños jugar. 

Mis ojos les caen encima

y los usan como pelotas de goma

Sus raquetas los propulsan

con efectos de zigzag.

Corren a buscarlos

aterrizados en la superficie móvil

de una ola nueva

pero enseguida comienzan su descenso

hasta quedar enterrados, 

ajenos a las manos del niño, 

que los busca a tientas y llora

el juego perdido. 

Ilustración de Elizabeth Rodríguez Checa

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