De servicio

Es raro que Félix no haya llegado aún. El cartero llega puntual para comenzar con su reparto y necesita que le abran la puerta acorazada del edificio. Tan señorial, tan chapado a la antigua, con su olor a rancio y brillo de Politus. 

Nada apunta a que le haya surgido un imprevisto y se haya visto obligado a abandonar su puesto. La portería está bien recogida, de ese modo tan suyo cuando finaliza su jornada. Nada en la mesa corrida de recepción más que una campanita antigua que conserva pulcra y brillante y que parece pegada al mostrador.

Manuel aguarda afuera, en el portal, junto al cartero de siempre. Ese tipo aburrido y sin pelo al que el traje de Correos le queda grande de mangas y estrecho de culo. Lo mira de reojo y vuelve a quedarse atrapado en sus caderas. Lo imagina vestido solo a la mitad, sin pantalones, varado en su cuerpo sobre el que imprime un golpe de cadera que mueve la tierra. Se roza sutilmente el bolsillo del pantalón y recuerda, de paso, que las llaves las dejó olvidadas en la mesita del recibidor. Piensa en el idiota de Félix y en su patética silueta cuando carga la basura del vecindario hacia los cubos de la comunidad. Flaco y corvo como un ave de rapiña pero sin vigor. Fláccido y derramado sobre el cubo que desplaza, una basura más.

¡Qué raro! – La voz aflautada del cartero se eleva sobre el timbrazo sostenido que sale de su dedo pegado al timbre de portería. Es la primera vez en cinco años que Félix, el hombre atento, educado y servicial no responde casi de inmediato. Manuel no le mira. Deja caer, otra vez, su mano sobre el bolsillo y recrea las manos de Félix, rojizas y gelatinosas. Las conoce bien porque al llegar las Navidades siempre se empeña en confraternizar con el vecindario y no escatima en apretones húmedos e innecesarios.

El dedo del cartero parece haberse fundido con el botoncillo metálico y el ruido estridente punza los oídos de Manuel. Irritado, se gira violentamente y aproxima su nariz a la nariz minúscula del cartero. A pocos centímetros de él recibe un tufillo caliente de sus labios entreabiertos y en un acto reflejo regresa al bolsillo en el que no están las llaves. Roza el tejido tenso del vaquero. Grita : ¡Para ya, joder ! El cartero queda reducido a un uniforme amarillo sin nadie dentro y lentamente comienza a alejarse como una marioneta de guiñol arrastrando un carro que triplica su peso.

Manuel se acaricia el párpado que cae sobre su ojo derecho, por el que apenas ve. Cuando, por el ojo bueno, escudriña  una figura desgarbada y torpe, anciana, que se va reduciendo lentamente a medida que se acerca :

Corre, corre, Felixito, que hoy se te va a caer el pelo.

Ilustración de Elisa Rodríguez Checa

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