Casualidades de la vida

¡Qué coincidencia!, nunca imaginé que frecuentase este tipo de locales. Son demasiado sucios, siempre están hasta arriba y en los baños huele a orina. Pero ahí está,con su pelo recogido meticulosamente en una coleta escolar, sus pendientes de perla a juego con la misma gargantilla que se puso el día de nuestra primera cita ( un pequeño topacio engarzado en una base de oro que no dice nada ) y una camisa bien planchada metida en los pantalones de Corte Inglés. Los mocasines de charol en sus pies cruzados.

No soporto cómo la mira. Me recuerda a como lo hice yo en nuestro primer encuentro. Arriba, abajo, los ojos del acompañante bailan sin encontrar soporte y ella parece disfrutar bastante con sus vaivenes oculares.Desliza una media sonrisa hasta que su compañero se apacigua y sostiene su mirada en un acto de valentía programada. Apenas unos segundos y sus ojos vuelven a la danza inquieta. Evidentemente, está nervioso. Casi tanto como lo estuve yo hace dos semanas y un día. 

Pido un Seven Up y un vaso frío Detesto que no me ofrezcan vaso si no lo pido, así que para iniciar mi ritual de la tarde con excelente humor, pongo mucho énfasis en esa segunda parte : EN UN VASO FRÍO, el  más frío que tengas. Y así me lo sirve el camarero con cara de camarero, en una jarra de cerveza recién sacada de la nevera. Me gusta ese reflejo tan profesional, el de utilizar indistintamente los recipientes para complacer al cliente. Llevo la jarra como si fuera un trofeo a la mesa más oscura del local. En una esquina ,casi imperceptible, se encuentra una mesita redonda empotrada sobre un banco corrido forrado de polipiel. Corono la mesa con la jarra de cristal pesado ; como si hubiera accedido a la almena de un castillo en plena noche, y desde mi atalaya particular siento un orgullo placentero porque puedo verla a ella, de perfil y a él parcialmente reducido a una sombra. Pienso en la pareja tan fea que hacen: ella firme y elegante, con sus movimientos cautos y algo infantiles. Él,mayor, proyecta una imagen de mediocridad que prefiero solo intuir desde la sombra.

La nuestra, nuestra primera cita no fue exactamente lo que yo imaginé y por lo que ella me reveló en la segunda, tampoco lo fue para ella, aunque por diferentes razones. Las mías, porque en las fotos de su perfil parecía aún más joven, casi una adolescente, y al verla en persona me sentí un poco decepcionado. Desligarme de aquel sentimiento me llevó más de dos horas, casi la totalidad un encuentro marcado por la decepción. La de ella porque al verme llegar no guardaba el más mínimo parecido con la foto que colgué bajo un perfil , que decía era el calco de lo que iba buscando.

Casi no hablan, ella mira el móvil de manera automática cada vez que se hace el silencio. Él no deja de acariciar con su mano regordeta la impúdica coronilla. Lleva hacia atrás una madeja de pelo rizado que deja entrever una calvicie más que incipiente. Ella no miró su móvil hasta nuestra última cita, acto que yo interpreté como un gesto nervioso cuando me dispuse a tocar sus manos por primera vez. Las recogió y no volvió a escribirme. Se dio de baja del servicio o cambió de pseudónimo para no volver a encontrarme. 

Tres citas no son suficientes para conocerme. Tal vez con cuatro y sin haber tratado de tocarla me hubieran dado la posibilidad de mostrarme tal y como soy : un tipo acomplejado por mi estatura ( soy mucho más alto que la media, siempre lo he sido aunque las medias vayan cambiando ) y cuyo andar desgarbado y torpe oculta a un tipo sensible, más sensible también que la media ( aunque estas también vayan cambiando ). No tengo amigos, solo conocidos y compañeros de trabajo con los que de vez en cuando me tomo unas copas, pero con los que no tengo nada en común. No me gusta el pádel y soy terrible deportista, odio las casas rurales en compañía de esposas e hijos y el cine me gusta disfrutarlo a solas. Una  buena película es para casa, sin cortes ni interrupciones de ningún tipo. Odio que me hablen cuando las veo. Buen cine futurista con una respetable dosis de violencia gráfica.

El Seven Up se me está acabando y no quiero pedirme otro. Beber antes de la cena no es bueno para mi estómago delicado. Ella le sonríe, ha colocado su móvil en la mesita y lanza una mirada al aire sin finalidad aparente. De pronto veo que  sus dos manos entrelazadas, juguetonas y ágiles se afanan en parecer una sola moviéndose nerviosas. Un calor húmedo repentino comienza a ascender desde el pecho hasta mi cabeza. Aflojo el nudo de mi corbata y libero un poco la presión chorreante de mi cuello . Y me encuentro allí, frente a los dos, pero solo la veo a ella. La oscuridad ahora es absoluta para todo los demás. Me mira extrañada pero trata de compensarme :

-¡Hombre, Pedro!, ¿tú por aquí?

El calor sigue haciendo de las suyas. El sudor cae cosquilleante por mi frente y siento cómo se desliza por detrás de mis orejas. Estoy  cada vez más mareado. Veo sus labios perfilados abrirse y cerrarse pero me percibo sordo y lejano. Me percato de que llevo la jarra de mi Seven Up bien asida,  poderosa aunque vacía. Me parece que ha duplicado su peso. La elevo y la dejo caer con furia sobre su cabeza. Ella se desploma, ya sin mover esos labios prominentes que tanto me gustan, y queda postrada a mis pies como si fuera un peluche lanzado al aire. Comienza de nuevo el ruido y percibo el de la caída lenta del sudor que me araña mientras desciende.

Ilustración de Elisa Rodríguez Checa

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